Hoy, lunes 13 de julio se conmemora el día internacional del Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad. Afecta de normal a un 6,8% de la población escolar española. Pero hay que recordarlo más que nunca, ya que durante el confinamiento y con la nueva normalidad, miles de personas han vivido en sus hogares déficit de atención, hiperactividad e impulsividad dentro de sus hogares. Niños y adolescentes que durante meses han visto reducida su interacción y apoyo en el colegio, sus relaciones sociales, actividad física y, en ocasiones, también sus terapias y seguimiento. El reciente estudio Salud Mental en la Infancia y la Adolescencia en la era de la covid-19, elaborado por la Plataforma de Asociaciones de Psiquiatría y Psicología Clínica por la Salud Mental de la Infancia y Adolescencia de España, alerta de las posibles secuelas emocionales para los más pequeños y las particularidades de los niños y jóvenes con TDAH.

Este informe ya ha recogido de uno de sus primeros estudios, analizando las secuelas del confinamiento entre población infantil china con TDAH, observándose así un aumento de estrés agudo, cambios en el comportamiento y estado de ánimo de los menores. Destacaron cómo la incertidumbre, ansiedad y el propio estrés de los padres podría influir en ellos. “Los niños con TDAH no pueden recibir atención oportuna y profesional en el hogar. Se podría suponer que la mayoría de los padres de estos niños no son expertos en la materia, pero se les impone una responsabilidad educativa, además de manejar todos los problemas emocionales y de comportamiento de los niños, 24 horas, siete días a la semana. Por otro lado, la preocupación de los adultos por la crisis puede exacerbar aún más el bienestar psicológico de los niños y empeorar sus problemas de comportamiento”, advertían los autores. Pero esto las familias en las que ya estaban diagnosticados los niños, ya que hay muchos padres que se han visto desinformados ante una situación desconocida.

“La mayor parte de las familias menores con TDAH” han sufrido frustración, impotencia y estrés, que está muy relacionado con la desregulación emocional de estos niños. En esta época es necesario más que nunca el diálogo familiar, sobre todo con los adolescentes. Hay que explicarles claramente qué necesitamos o queremos de ellos, porque son inteligentes y en la mayoría de los casos quieren agradar a sus padres, no buscan el conflicto. Solo necesitan tener claro qué se espera de ellos y abrir espacios para que ellos también puedan expresar cómo se sienten o qué les preocupa”, apunta la psiquiatra Abigail Huertas, portavoz de la Asociación Española de Psiquiatría del Niño y Adolescente (AEPNyA), que recomienda “economizar la energía mental” en casa. “Hay que ponerse en “modo supervivencia” en cuanto a los límites y normas familiares. En esta época de crisis deberíamos enfadarnos por cosas graves, no por un calcetín en el suelo. Y al mismo tiempo facilitar la convivencia con rutinas: mantener una buena higiene del sueño, durmiendo con las persianas levantadas para que se despierten temprano con la luz del sol, menos horas de pantallas y más ejercicio físico este verano, establecer pautas y tareas claras, específicas, como la colaboración en el orden y la limpieza de casa, que pueda mantener su atención durante cortos períodos de tiempo”.

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